
Ven Señor, no tardes. Ha sido un anhelo tan largamente esperado que ahora nos toca despertar, volver a los quehaceres diarios y reflexionar sobre lo vivido.
Un día tan importante e inolvidable como el de ayer tiene muchas historias que comentar, muchas imágenes para archivar e innumerables palabras que recordar.
Podíamos reflejar aquí, a modo de resumen, los elogios, enhorabuenas, piropos, exclamaciones y felicitaciones de tantas y tantas personas que ayer se pusieron a los pies del Redentor. Muchas de esas palabras son para llenarnos de orgullo y emocionarnos.
También podíamos enumerar las cofradías que, con su presencia, nos mostraron su apoyo y cariño. Destacar, una vez más, la inestimable colaboración del Patronato de las Escuelas del Ave María, de la dirección del colegio o de la concejalía de nuestro distrito. Presumir del entusiasmo y esfuerzo de tantos hermanos en la preparación de la bendición. Y, por qué no, la satisfacción por ver al presidente de la Agrupación de Cofradías compartiendo la comunión con nosotros.

Pero, el día de la bendición de nuestro Cristo es más importante que todo eso. Es más importante que escuchar que había una multitud, que es una joya o que tiene que bajar al centro ya. Ayer fue el primer día para quererlo, para rezarle, para pedirle y para agradecerle. Él siempre ha estado con nosotros en nuestras ilusiones y ahora está junto a todos en su capilla, esperando a que vayamos a Él. Nuestro director espiritual lo dijo en la homilía, Él ha cumplido su misión y nos ha puesto las herramientas en nuestras manos. Él es el arquitecto y es perfecto, nosotros somos los albañiles y no cumplimos como Él quiere. Ahora, como nos indica la Santísima Virgen, tenemos que hacer lo que Él nos diga.
Está aquí y ahora tenemos que aprender a quererlo. Llevamos 16 años junto a su madre y Él ahora necesita de nuestra presencia y atenciones como Ella. Desde el principio ha estado entre nosotros como nuestro diácono siempre nos ha dicho. Aunque fuésemos dos, Él siempre ha estado con nosotros para alentarnos, para no desfallecer, para continuar. No siempre hubo una muchedumbre como ayer, no siempre hubo tantas manos para trabajar y no siempre hubo tanta gente que se preocupase. El tiempo ha hecho que nosotros, hermanos de la Mediadora, hayamos aprendido a querer a la Virgen y ahora tenemos que querer al Señor. Quererlos a ellos es querer a los demás, es sacrificio, es trabajo, entusiasmo, paciencia, compromiso o humildad.
Ellos están en nuestra parroquia de la Encarnación y siempre están dispuestos a escucharnos, a consolarnos y a animarnos. Junto a ellos estamos su Hermandad y sus devotos. Si la llegada del Redentor sirve para que una, aunque solo sea una persona la que se acerque al altar, todo habrá tenido sentido.