viernes, 6 de enero de 2012

BAUTISMO DEL SEÑOR. FIN DEL TIEMPO DE NAVIDAD

Después de haber conmemorado la fiesta de la Epifanía de la infancia de Jesús, celebramos en su Bautismo, la Epifanía que da comienzo a su vida pública. Con esto concluye el tiempo de Navidad a lo largo del cual hemos proclamado nuestra fe en la divinidad de Jesucristo y en nuestra propia divinización en El.

Estos dos aspectos del misterio de la encarnación resplandecen vivamente en el Bautismo de Jesús. Jesús de Nazaret bajó al Jordán con los pecadores, pero, cuando sale del agua Dios revela en El a su Hijo amado, y el Espíritu cuando se posa sobre El manifiesta que es el consagrado por excelencia, el Ungido del Señor, el Cristo. Juan puede testificar: «Es el Hijo de Dios»; pero también puede añadir que es «quien purificó el pecado del mundo». En efecto, en el bautismo de Jesús, no sólo se da una manifestación de su divinidad, sino que también se revela «el misterio del nuevo bautismo". Jesús entró en el agua para santificarla. Cuando sale de ella, «restablece, en algún modo, elevándolo junto a sí, al mundo sumergido" (San Gregorio Nacianceno). Quienes renazcan «del agua y del Espíritu" serán hijos de adopción de Dios. Hemos de permanecer atentos a la palabra del Hijo unigénito, a fin de hacernos merecedores de tal nombre.

martes, 3 de enero de 2012

HORA SANTA DE ADORACIÓN AL SANTÍSIMO

El próximo día 6 de Enero a las 19:00 horas, primer viernes de mes, tendrá lugar, tal y como preceptúan nuestras Reglas, Solemne Hora Santa de Adoración a Jesús Sacramentado. Debemos todos los hermanos y feligreses acudir en el día de la Epifanía o Manifestación del Gran Poder de Dios, a adorar la presencia real y verdadera del Señor en la Sagrada Hostia, al igual que hicieron los Magos de Oriente al niño Jesús hace ya 2012 años.

EPIFANÍA DEL SEÑOR. SOLEMNIDAD: 6 DE ENERO

La Epifanía es una de las fiestas litúrgicas más antiguas, más aún que la misma Navidad. Comenzó a celebrarse en Oriente en el siglo III y en Occidente se la adoptó en el curso del IV. Epifanía, voz griega que a veces se ha usado como nombre de persona, significa "manifestación", pues el Señor se reveló a los paganos en la persona de los magos.

Tres misterios se han solido celebrar en esta sola fiesta, por ser tradición antiquísima que sucedieron en una misma fecha aunque no en un mismo año; estos acontecimientos salvíficos son la adoración de los magos, el bautismo de Cristo por Juan y el primer milagro que Jesucristo, por intercesión de su madre, realizó en las bodas de Caná y que, como lo señala el evangelista Juan, fue motivo de que los discípulos creyeran en su Maestro como Dios.

Para los occidentales, que, como queda dicho más arriba, aceptaron la fiesta alrededor del año 400, la Epifanía es popularmente el día de los reyes magos. En la antífona de entrada de la misa correspondiente a esta solemnidad se canta: "Ya viene el Señor del universo. en sus manos está la realeza, el poder y el imperio". El verdadero rey que debemos contemplar en esta festividad es el pequeño Jesús. Las oraciones litúrgicas se refieren a la estrella que condujo a los magos junto al Niño Divino, al que buscaban para adorarlo.

Precisamente en esta adoración han visto los santos padres la aceptación de la divinidad de Jesucristo por parte de los pueblos paganos. Los magos supieron utilizar sus conocimientos-en su caso, la astronomía de su tiempo- para descubrir al Salvador, prometido por medio de Israel, a todos los hombres.

El sagrado misterio de la Epifanía está referido en el evangelio de san Mateo. Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los maestros de la ley supieron informarles que el Mesías del Señor debía nacer en Belén, la pequeña ciudad natal de David; sin embargo fueron incapaces de ir a adorarlo junto con los extranjeros. Los magos, llegados al lugar donde estaban el niño con María su madre, ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias preciosas en las que la tradición ha querido ver el reconocimiento implícito de la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra).

A Melchor, Gaspar y Baltasar -nombres que les ha atribuido la leyenda, considerándolos tres por ser triple el don presentado, según el texto evangélico -puede llamárselos adecuadamente peregrinos de la estrella. Los orientales llamaban magos a sus doctores; en lengua persa, mago significa "sacerdote". La tradición, más tarde, ha dado a estos personajes el título de reyes, como buscando destacar más aún la solemnidad del episodio que, en sí mismo, es humilde y sencillo. Esta atribución de realeza a los visitantes ha sido apoyada ocasionalmente en numerosos pasajes de la Escritura que describen el homenaje que el Mesías de Israel recibe por parte de los reyes extranjeros.

La Epifanía, como lo expresa la liturgia, anticipa nuestra participación en la gloria de la inmortalidad de Cristo manifestada en una naturaleza mortal como la nuestra. Es, pues, una fiesta de esperanza que prolonga la luz de Navidad.

Esta solemnidad debería ser muy especialmente observada por los pueblos que, como el nuestro, no pertenecen a Israel según la sangre. En los tiempos antiguos, sólo los profetas, inspirados por Dios mismo, llegaron a vislumbrar el estupendo designio del Señor: salvar a la humanidad entera, y no exclusivamente al pueblo elegido.

Con conciencia siempre creciente de la misericordia del Señor, construyamos desde hoy nuestra espiritualidad personal y comunitaria en la tolerancia y la comprensión de los que son distintos en su conducta religiosa, o proceden de pueblos y culturas diferentes a los nuestros.

Sólo Dios salva: las actitudes y los valores humanos, la raza, la lengua, las costumbres, participan de este don redentor si se adecuan a la voluntad redentora de Dios, "nunca" por méritos propios. Las diversas culturas están llamadas a encarnar el evangelio de Cristo, según su genio propio, no a sustituirlo, pues es único, original y eterno.

DULCE NOMBRE DE JESÚS. SOLEMNIDAD: 3 DE ENERO


Ocho días después de su nacimiento el hijo de María recibió el nombre de Jesús, que significa Salvador, como lo había ordenado el ángel Gabriel antes de que María concibiera. El Evangelio menciona la razón de ser de dicho nombre: “Porque va a salvar a su pueblo del pecado”. Jesús iba a obrar la Redención con los más atroces sufrimientos, “humillándose –dice San Pablo– no sólo hasta la muerte sino hasta la muerte de cruz. Por ello Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, y al nombre de Jesús se doble toda rodilla”.


La Iglesia celebra el Santo Nombre de Jesús durante el período navideño. Desde los primeros siglos del cristianismo, los cristianos empezaron a invocar este bendito nombre, pero como fiesta litúrgica, se celebró por primera vez en el año 1530, cuando el Papa Clemente VII concedió a la Orden Franciscana el privilegio de poder celebrarlo con Oficio propio. Con posterioridad, en el año 1721, el Papa Inocencio VI, la estableció como fiesta para toda la Iglesia latina en el segundo domingo después de la Epifanía. San Pío X la trasladó al primer domingo de enero, pero si este domingo coincidía con la Epifanía, el Nombre de Jesús sería celebrado el día 2. Actualmente, se celebra el día 3 de enero.

MARÍA, MADRE DE DIOS. SOLEMNIDAD: 1 DE ENERO

La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este nombre: "María, Madre de Dios".

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener.

Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? No. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de uno que es Dios, y por eso es Madre de Dios.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: "He ahí a tu madre", ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Al saber que nuestra Madre Celestial es también Madre de Dios, sentimos brotar en nuestro corazón una gran confianza hacia Ella.

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años) e iluminados por el Espíritu Santo declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios". Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.

Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de "María, Madre de Dios".